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Lo que esconden las cifras de reciclaje en España

En España, se reciclaron cerca de 7 millones de toneladas de chatarras férricas en 2018, que equivalen al volumen de carga de más de 350.000 camiones. Si se pusieran uno tras otro, harían una fila de Madrid a Moscú. Dicho de otra forma, nuestro país gestiona diariamente una cantidad aproximada de este material equivalente a 133 estatuas de la Libertad.

Más allá de estos asombrosos ejemplos visuales, ¿qué nos quieren decir estas cifras?, ¿cuál es la situación actual del reciclaje?, ¿hemos mejorado o empeorado con respecto a otros años? Esta cuestiones, que llegan diariamente a FER, principal patronal española de la industria del reciclaje, bien a través de los medios de comunicación o en los múltiples foros, encuentros y eventos en los que participamos, no tienen una única explicación, una respuesta clara y directa, un solo factor determinante.

Para interpretar las cifras que ofrecemos anualmente en nuestra memoria de actividades, es preciso hacer un esfuerzo previo por conocer la idiosincrasia de un sector tan complejo y dinámico como el de la gestión de residuos y los condicionantes actuales a los que debe hacer frente la industria del reciclaje.

En primer lugar, en la Federación solemos decir, de forma coloquial, que cada flujo de residuos tiene su propio nombre y apellidos porque es fundamental distinguir entre aquellos que se generan en los hogares y los que tienen su origen en los comercios o en las diferentes industrias. También es muy importante saber que el tratamiento de un tipo de residuos puede ser muy diferente al de otro, dada su mayor o menor complejidad a la hora de transformarlo en materias primas secundarias. Por último, otro factor esencial es la enorme diferencia que suele haber entre unos residuos y otros en cuanto al precio estipulado una vez que han sido convenientemente tratados.

Si atendemos exclusivamente al origen de los residuos, España tiene un problema con los denominados sólidos urbanos, debido a que, salvo milagro, no cumplirá con los objetivos de reciclaje del 50% de los residuos municipales fijados por la Unión Europea (UE) para 2020, según la directiva 2008/98/CE. Así, los últimos datos disponibles evidencian que nuestro país se ha estancado alrededor del 30% en el reciclaje de este tipo de residuos y, a pesar de la ayuda ofrecida por la Comisión Europea en forma de asistencia técnica y fondos estructurales –además de la puesta en marcha de la estrategia europea contra los plásticos–, la situación actual no invita al optimismo precisamente. Estas últimas acciones llegan tarde y no serán suficientes para, en apenas seis meses, acabar con una cultura de muchos años basada en depositar este tipo de residuos en vertederos.

La otra cara de la moneda viene representada por los denominados residuos comerciales e industriales. Los canales de recogida en origen y una gestión mayoritariamente privada, llevada a cabo por más de 5.000 empresas, que generan unos 33.000 empleos directos, con una cifra superior a los 10.000 millones de euros de volumen de negocio, que representan cerca del 1% PIB nacional, hacen posible que se sigan incrementando un año más las tasas de reciclaje a las que nuestro país se ha comprometido con la Unión Europea en el horizonte de 2030, según las metas establecidas en el paquete de economía circular de la Comisión.

Así, sabemos, por ejemplo, que el pasado año se reciclaron 105.800 toneladas de baterías de plomo ácido de automoción y 15.100 toneladas de baterías de plomo ácido industriales, con un porcentaje que supera el 98% de la capacidad de dar una segunda vida a este material; no en vano, el 100% del plomo utilizado en nuestro país procede de material reciclado.

También conocemos que, en 2018, 748.306 vehículos fueron dados de baja y reciclados. Si el reciclaje de un vehículo fuera de uso evita la emisión de unos 4.000 kilos de CO2 a la atmósfera y esta cantidad de dióxido de carbono equivale a la combustión de 1.800 litros de gasolina, basta una simple regla de tres para deducir la labor crucial que desarrolla el sector recuperador español.

Por otro lado, si nos centramos en la complejidad de unos materiales u otros a la hora de ser tratados, nos encontramos de lleno con la cuestión de los residuos plásticos, quizás el principal ejemplo que solemos utilizar para que se entienda esta cuestión. Sin entrar en el debate por el que en estos últimos meses este material está en el ojo del huracán, básico, por otra parte, para nuestro actual nivel de desarrollo, estos residuos mezclados con otros o procedentes de pequeñas fracciones suponen todo un reto para nuestra industria.

¿La solución para estas fracciones? Conseguir que se evite su uso en la propia concepción del producto. Es decir, incrementar exponencialmente el uso del ecodiseño.

Por último, pongamos más ejemplos en positivo. Como que el 75% del acero producido en España procede de materiales reciclados, la segunda tasa más alta de Europa, sólo por detrás de Italia. El 80% del cobre y el 75% del aluminio que se usan en nuestro país proceden del reciclaje, habiéndose reaprovechado una y otra vez. En una tonelada de ordenadores se puede encontrar más oro que en 17 toneladas de mineral extraído de una mina oro sin procesar.

¿Cómo podremos conseguir que sea rentable realizar costosas inversiones por parte de los recuperadores que, a su vez, haga posible multiplicar los porcentajes de reciclaje de éstos? La respuesta, no por obvia, resulta sencilla de deducir: consiguiendo estabilidad e incrementando su valor. Desgraciadamente, en la actualidad, aspectos como la contaminación o el ahorro energético no cotizan en bolsa. De ahí que todavía se prime el uso de materias primas vírgenes sobre las secundarias. Por tanto, entramos de lleno en el terreno de la voluntad política.

La creación de un mercado fuerte y estable de materias primas secundarias será una condición sine qua non para alcanzar el nuevo modelo económico circular. En ese mercado deben establecerse los mencionados factores correctores para poder competir con el de las materias primas vírgenes. Aspectos como la contratación pública verde, la modificación de los tipos impositivos o aligerar la costosa carga burocrática que soporta la industria del reciclaje contribuirán decisivamente a incrementar el valor de algunos residuos que hoy en día suponen incluso un coste para las empresas que los gestionan.

Ion Olaeta. Presidente de FER

Este artículo ha sido publicado en la Revista Ingeniería Municipal Mayo /Junio 2019

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